A sus 38 años, Mónica Bruguillo afronta una nueva etapa. Lo hace después de alcanzar uno de los objetivos por los que más ha trabajado durante los últimos años: aprobar la oposición de Técnico de Auditoría y Contabilidad de Hacienda. Un logro que habla de esfuerzo y perseverancia, pero también de los apoyos que la han acompañado durante toda su vida. Entre ellos está AENILCE, una Fundación a la que llegó con apenas tres años y que, años después, continúa formando parte de su día a día.
Mónica nació con una lesión cerebral. Es la pequeña de dos hermanos y presume de una familia que ha ido creciendo. A sus padres y a su hermano, cuatro años mayor, se han sumado su cuñada Vero y sus sobrinos Iván e Iker, “dos seres que me han conquistado el corazón”, cuenta.
Se recuerda de niña como “muy tímida, risueña y siempre expectante a lo que estaba pasando en cada momento”. Guarda buenos recuerdos del colegio y, especialmente, de los compañeros que compartieron con ella aquellos años, dispuestos a ayudarla cuando lo necesitaba y a hacerla partícipe de juegos y conversaciones.
Desde muy pronto tuvo claro algo que terminaría marcando buena parte de sus decisiones: quería estudiar, conseguir un buen trabajo y valerse por sí misma. Curiosamente, hubo alguien que pareció anticipar el camino que tomaría más adelante. “Desde que entré al colegio, Vidal, el conserje, me decía: ‘¡Tú acabarás en la Administración Pública!’. Yo, evidentemente, no entendía nada”.
Una premonición que acabó cumpliéndose
Mónica estudió Administración y Dirección de Empresas y, tras finalizar la carrera en 2013, trabajó durante dos años como becaria en el departamento de Finanzas de la multinacional British Telecom. Al mismo tiempo cursó un máster en Dirección Contable y Financiera.
Su objetivo entonces era incorporarse a una multinacional y desarrollar su carrera profesional en áreas vinculadas con la contabilidad y la gestión. Envió currículos, se inscribió en ofertas y esperó una oportunidad que no llegó. Hasta que decidió que no podía seguir esperando una llamada sin saber si algún día se produciría.
Una conversación con un compañero de trabajo abrió otra posibilidad. Él le habló de las oposiciones y Mónica comenzó a investigar. Revisó alternativas, programas y requisitos hasta decantarse por la oposición de Técnico de Auditoría y Contabilidad de Hacienda.
El comienzo no fue sencillo. Se encontró ante un temario muy extenso, con contenidos nuevos para ella, mientras trataba de compaginar la preparación con el trabajo. Había oído muchas veces hablar de la dureza de una oposición, pero vivirla era diferente. Cuando aprobó los primeros exámenes entendió que tenía posibilidades reales y decidió centrarse exclusivamente en el estudio.
Fueron más de siete años de preparación, con algunos altibajos: a los avances, les sucedían dudas y momentos en los que se preguntó si conseguiría llegar hasta el final. Pero en ese recorrido hubo algo que permaneció invariable: su familia.
“Mi madre me veía llorar cuando las cosas no salían y siempre me decía: ‘Ya saldrán’”, recuerda. También estuvieron su padre, su hermano, Vero, Iván e Iker, que la animaban en los días de examen con fotografías y dibujos. Y su abuelo, fallecido hace tres años, que solía preguntarle: “¿Pero qué estás haciendo, que siempre estás estudiando?”. “Espero que esté orgulloso”, añade Mónica.
El pasado 30 de julio llegó finalmente la noticia: había aprobado.
35 años creciendo junto a AENILCE
Mucho antes de comenzar ese camino, Mónica ya había encontrado otro de los grandes apoyos de su vida. Tenía tres años cuando, a través del doctor Cañizares, del Hospital de Santa Cristina de Madrid, su familia conoció a José Luis Rivas y María Jesús Cortés, fisioterapeutas y fundadores de AENILCE. Comenzaba así una relación que se mantiene 35 años después.
Al recordar aquellos primeros años, Mónica habla de ambos desde el afecto. Define a José Luis como un profesional “atento, cariñoso, familiar, solidario y empático”. De María Jesús conserva recuerdos especialmente cercanos: “Era quien calmaba mis llantos. Recuerdo sus abrazos como si fueran ahora mismo”. De los dos destaca, por encima de todo, su humanidad y sus ganas de ayudar.
A lo largo de este tiempo, Mónica ha realizado en AENILCE diferentes tratamientos y actividades orientados a favorecer su movilidad, autonomía y bienestar. Desde las terapias Vojta y Bobath hasta la estimulación eléctrica transcraneal (tDCS), pasando por ejercicios en colchoneta con pelotas, pesas y otros materiales, el uso del bipedestador y actividades de posicionamiento. A este trabajo se ha sumado también el apoyo psicológico y emocional.
Sin embargo, cuando Mónica habla de AENILCE, la terapia es solo una parte de lo que significa para ella. “Tanto mi familia como yo no tendremos vidas suficientes para agradecer la oportunidad que nos dieron”, afirma. Un agradecimiento que extiende al actual equipo de la Fundación: “Habéis elegido ser familia. Eso solo lo consiguen personas especiales, con esa magia que transmitís cada día”.
Su experiencia refleja el valor de un respaldo que mira más allá de una intervención concreta. Durante 35 de los 40 años que ahora celebra AENILCE, la Fundación ha estado presente en distintas etapas de la vida de Mónica, adaptando los apoyos a sus necesidades y contribuyendo a que pudiera seguir avanzando hacia sus propias metas.
Ella lo resume con palabras sencillas: “AENILCE ha sido y es salud, aprendizaje, formación, enseñanza, comprensión y oportunidades. Y, sobre todo, con el paso del tiempo vas aprendiendo que AENILCE es CASA”.
Una nueva etapa por delante
Ahora Mónica mira al futuro con prudencia y con nuevos proyectos rondándole la cabeza. Su prioridad es adaptarse a su puesto, recuperar estabilidad y familiarizarse con todo lo que implica esta nueva etapa. Más adelante le gustaría continuar formándose, quizá con un máster en Auditoría, e incluso explorar la posibilidad de compartir algún día con otros estudiantes parte de lo aprendido durante estos años.
Pero no tiene prisa. Después de un camino tan largo, quiere asimilar lo conseguido y empezar a disfrutar de aquello por lo que tanto ha trabajado.
“Estoy expectante porque no conozco nada de lo que viene”, reconoce. Lo afronta con el deseo de realizarse personal y profesionalmente. Porque detrás de tantas horas de estudio había un propósito principal: “He estudiado porque quiero una vida decente como el resto de las personas”.
Su historia habla de determinación, pero también de oportunidades y de acompañamiento. De una familia que nunca dejó de sostenerla y de una Fundación que entró en su vida cuando tenía tres años y continúa a su lado 35 años después. La trayectoria de Mónica ayuda a poner rostro a todo ese tiempo: acompañar significa estar, ofrecer herramientas y confiar en las capacidades de cada persona para que pueda construir, paso a paso, su propio camino.

